Posteado por: Diego Arbulú | enero 23, 2011

¿Integración latinoamericana?

Con respecto a este tema, mi punto de vista es francamente negativo. No concibo un sistema eficaz de integración regional, al menos no ahora, analizando el panorama político latinoamericano. En la actualidad, las ideologías siguen teniendo un papel y un peso considerable, y condicionan todo intento, real o utópico, de sentar las bases para un verdadero proceso de integración.

Vamos por partes. Venezuela, por ejemplo, dispone de cuantiosas reservas energéticas, empezando por el petróleo y en menor medida, el gas. Sin embargo, esta ventaja es empleada por el régimen de Caracas para coaccionar a los países que dependen del flujo de energía venezolano. Con este propósito se creó Petrocaribe. Y el sistema de integración que encabeza, el ALBA, que agrupa a Bolivia o Nicaragua, por ejemplo, se basa en la lucha contra el imperialismo y en la difusión de lo que llaman el socialismo del siglo XXI, pero más allá de estos elementos en común, no es una alternativa viable para la integración. Es una agrupación ideológica y energética. Hablando de Bolivia, este país andino dispone de reservas de gas y litio, pero vive una coyuntura que le dificulta el entendimiento con sus vecinos, en especial con Chile: el tema de la salida al mar con soberanía. Ayer mismo el presidente Evo Morales declaró que esperaba que Atacama vuelva eventualmente a ser boliviana, una salida desafortunada por demás. Primero, porque ningún presidente chileno le cedería mar o tierra a los bolivianos implicando la soberanía sobre dicho espacio. Si algún mandatario chileno eventualmente hace eso, los militares lo derrocarían a las pocas horas. No solo la integridad territorial de Chile sino su propio sistema democrático estarían en juego. Segundo, porque desde el último gobierno de la Concertación, Chile y Bolivia han venido desarrollando una agenda de trece puntos entre las que se encuentra una eventual salida al mar. Este tema no ha registrado mayor avance desde entonces, pero el expresar que espera que no sólo el mar sino el territorio perdido tras la guerra de 1879 vuelvan a Bolivia no ayudará al normal desenvolvimiento de las conversaciones. Provocarán hostilidad en sectores “duros” de la política chilena que inevitablemente influirán en la posición que asuma Piñera durante los tres años de mandato que le quedan.

Nosotros mismos tenemos un caso contra Chile que se desarrolla en La Haya, esperando un dictamen sobre el diferendo marítimo. Y la desconfianza mutua con Chile se mantiene. El error es de ambas partes, miramos con recelo cómo los chilenos se están armando, y con envidia, tal vez sana, cómo la correcta administración de su Estado les está permitiendo, poco a poco, gozar de un nivel de vida propio de países del primer mundo. Despierta admiración y recelo, pero no podemos negar que el caso chileno nos muestra un camino que hemos seguido y estamos siguiendo con relativo éxito.

Colombia es nuestro principal aliado ideológico en la región. Pero los colombianos hasta hace poco se llevaban mal con ecuatorianos y venezolanos. Al parecer, la llegada de Juan Manuel Santos a la presidencia colombiana ha contribuido a mejorar las relaciones entre los tres países que conformaban la Gran Colombia. Un eventual proceso de integración regional desde el punto de vista peruano debería orientarse hacia Chile y Colombia. Un ejemplo de esto es la búsqueda de una integración de las casas de bolsa de estos tres países (Mercado Integrado Latinoamericano). Los tres países tenemos una tendencia de inversión parecida, y un manejo similar de políticas macroeconómicas.

Brasil es el gran hegemón regional. Ya es la octava economía del mundo, tiene 200 millones de habitantes, cuenta con enormes reservas energéticas y parece destinado a protagonizar en gran parte este siglo. Sin embargo da la impresión de seguir siendo un país aislado. Sus iniciativas a nivel diplomático, al menos con Lula, han sido realmente pobres. En enero pasado visitó La Habana para visitar a Castro sin mencionar nada con respecto a los presos políticos que hay en la isla. Defendió de forma absurda al programa nuclear de Irán ofreciéndose como intermediario ante un régimen que ejecuta a los homosexuales y a las adúlteras, amén de incubar un proyecto atómico con la clara intención de chantajear a occidente. En todo caso Brasil debería iniciar su proyección internacional por partes. Lo primero sería buscar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. El otro día, conversando con un amigo, me comentaba que un diplomático brasileño le dijo que Brasil tiene más embajadas en África que el Reino Unido. Me parece un poco absurdo. Brasil debería incrementar su presencia en nuestra región. Ya hemos desarrollado juntos la Carretera Interoceánica, pero queda mucho por hacer con ellos y aprender de ellos, en especial a nivel de ciencia, tecnología y desarrollo industrial.

Y sin embargo Brasil parece tener poco interés en sus vecinos. Esa es la percepción que tengo, no sé. Impulsó la creación de UNASUR, que no termina de despegar y que sólo se reúne para resolver crisis puntuales como el conato de golpe de Estado que vivió Ecuador el año pasado.

Todavía nos falta. Las ideologías, las rencillas del pasado, la falta de liderazgo de quien debería liderar el proceso, la misma apatía y falta de interés por conocer a nuestros vecinos son cargas de las que debemos despojarnos antes de concretar un sistema de integración efectivo y que deje de lado intereses particulares para enfocarse en el bien común ya sea latinoamericano o sudamericano. No creo que necesariamente la integración pase por la creación de una nueva organización ni por el nombramiento de un secretario, es algo más de facto, de colaboración eficaz, de confianza, de trabajo en equipo, de consolidación cotidiana.

Muchas veces nos vamos al ejemplo europeo para seguir un modelo de integración y buscar una copia fiel de la UE para aplicarla en Latinoamérica. Craso error. Las naciones europeas tienen ya un concepto de nación desde el siglo XVI. Si bien es cierto que Italia, Bélgica o Alemania nacieron en el siglo XIX, ya su idea de nación estaba presente y dichos pueblos compartían una lengua común, una historia y un conjunto de caracteres que podrían llamarse tradiciones. Luego, al llegar el siglo XX, se enfrascaron en los mayores conflictos de la historia para posteriormente sentar las bases de un sistema de integración efectivo (basado inicialmente en recursos naturales, ojo, el carbón y el acero, necesarios para reconstruir su industria).

Nosotros, con 200 años de antiguedad en promedio, podemos ver el caso europeo como un ejemplo más, pero no como un sistema o modelo a seguir. Cada quien tiene sus particularidades y los acontecimientos históricos nos han marcado de forma distinta. Soy pesimista en cuanto a la integración latinoamericana actual, pero creo que eventualmente, corrigiendo nuestros errores, será posible. De momento, queda también en nosotros la responsabilidad de fomentarla. Aprendamos sobre autores brasileños (que no sean Coelho por favor!), sobre comidas uruguayas (aparte del asado), sobre costumbres chilenas, sobre pintores y escultores ecuatorianos y demás expresiones culturales de nuestros vecinos. Mostremos más interés en conocer sus historias, los hechos que los han forjado como naciones y los hombres que han dirigido sus designios. Ahorremos un poco y fomentemos el turismo regional (el Mundial 2014 y las Olimpiadas de 2016 son excusas perfectas para aventurarnos por Brasil). El camino es difícil, en ocasiones se ha teñido de sangre, pero el esfuerzo de las nuevas generaciones es el único medio para hacer viable la integración.


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