Posteado por: Diego Arbulú | enero 9, 2011

El Sueño (y la pesadilla) del Celta

Hace un rato terminé de leer “El Sueño del Celta” de Vargas Llosa. La obra narra la vida de Roger Casement, un diplomático británico que viajó al Congo y a la Amazonía peruana (a este segundo destino por encargo expreso de su gobierno) para denunciar los atropellos que la colonización y la explotación de recursos causaban en los aborígenes de ambos países. Los relatos son crudos y muestran lo terrible que puede ser el género humano cuando es embriagado por la codicia y la ambición.

Pero también narra otro aspecto de la vida de Casement. Pese a ser un diplomático británico y servir al Imperio británico en misiones en África y Sudamérica, por haber nacido en Irlanda, Casement desarrolló un profundo nacionalismo y paulatinamente se convirtió en defensor de la causa independentista irlandesa. El hombre cayó en un dilema existencial. Por un lado, su servicio como diplomático le hizo ganar fama y una relativa fortuna, amén de reconocimientos e incluso el título de Sir. Pero sus viajes entre pueblos oprimidos le hicieron ver que Irlanda, pese al benevolente trato inglés, también era una colonia, y sus habitantes se veían obligados a dejar atrás su rica herencia cultural (como su idioma, el gaélico) para convertirse en súbditos de un imperio y de un monarca que gobernaba desde Londres.

Una vez cumplida la mayoría de edad, Casement se fue a vivir a África. Creía fervientemente que la presencia europea en dicho continente representaría progreso, desarrollo y mejoras en la calidad de vida de los aborígenes. Y sin embargo, al poco tiempo, se dio cuenta del verdadero rostro del colonialismo: explotación, crueldad, codicia, vidas miserables que bailaban al ritmo del látigo, la carabina y los revólveres. El libro narra cómo Leopoldo II, rey de Bélgica, controlaba el Congo, un área de dos millones de kilómetros cuadrados donde el era amo y señor. Este escenario se formalizó tras la Conferencia de Berlín de 1885, que le cedió toda el área en cuestión al rey de los belgas.

El gobierno inglés deseaba conocer la verdadera situación que se vivía en el Congo. Bélgica era su aliado, pero no deseaba quedarse de brazos cruzados ante la barbarie que se cometía en África. Y sin embargo, la política y su realismo se terminaron imponiendo. Era imposible para los ingleses sancionar a Bélgica en aquél entonces. Poco a poco la situación en Europa iba cambiando. Alemania ya había derrotado al Segundo Imperio Francés en Sedán, en 1871, y se había constituido como Imperio bajo la égida del Canciller Bismarck. Soplaban, poco a poco, los vientos de guerra en Europa, y los británicos no podían darse el lujo de provocar que Bélgica terminara aliándose con los alemanes.

Y al parecer, fue aún más fuerte la impresión que Casement se llevó al visitar la Amazonía peruana. Acá, en medio de nuestras selvas, donde en aquél entonces -y tal vez incluso ahora- sólo imperaba la ley del más fuerte debido a la ausencia del Estado, se cometían crímenes atroces alentados por el negocio de explotación de caucho encabezado por Carlos Arana y su empresa, la Peruvian Amazon Company. Esta empresa, sin embargo, cotizaba en la Bolsa de Valores de Londres, y hasta allá llegaron los informes de las atrocidades cometidas por los encargados de explotar caucho. Por tal motivo, el gobierno inglés envió a Casement a la zona, para que comprobara por el mismo, visitando el Putumayo, las condiciones en las que la empresa operaba y la veracidad de los reportes que llegaban y hablaban de crímenes espantosos, mutilaciones, violaciones y otras depravaciones del género humano.

Pero nuevamente la política se impuso a la ética. Los caucheros, armados hasta los dientes, eran la única presencia peruana en la zona, codiciada por Colombia. El gobierno peruano no tenía presencia alguna en la Amazonía, y de retirarse los caucheros, dejarían la zona en manos de los colombianos, ansiosos por acceder a las plantaciones de explotación del caucho (un negocio que finalmente terminaría en la ruina cuando, posteriormente, se descubriría la forma de elaborar caucho sintético). Además, la principal ciudad de la zona, Iquitos, se encontraba incomunicada (al menos de forma eficaz) del resto del país, por lo que las remesas que enviaba el gobierno central tardaban meses en llegar. La explotación del caucho era el único negocio rentable que permitía el flujo permanente de dinero en la zona, y de él vivían todos los habitantes de la Amazonía. E Iquitos, en pleno siglo XXI, es la ciudad más grande del mundo ubicada en una selva que no posee acceso vía terrestre (sólo se puede ingresar por el río o por avión).

Y finalmente, en sus últimos años de vida, Casement se involucró de lleno en el asunto de la independencia irlandesa. Debatiendo entre autonomía dentro del Imperio o una insurrección armada que provocara una independencia de facto, viajó a los Estados Unidos buscando apoyo de los miles de irlandeses que residían ahí, descendientes de las oleadas de inmigrantes que llegaron al país del norte durante la segunda mitad del siglo XIX. Y en esas correrías estalló la Primera Guerra Mundial. Esto fue visto por los irlandeses como una buena señal, y se procuraron la ayuda alemana para su causa, enviando a Casement a negociar con el gobierno del Kaiser Guillermo II. De más está decir que estos hechos le valieron el rechazo de la opinión pública británica, y que, tras ser capturado en la costa irlandesa en 1916, fue juzgado y ahorcado por traición a la Corona. Trágico final para la vida de un hombre que se dejó llevar por el nacionalismo tras haber sacrificado tanto en pro de la lucha por mejorar las condiciones de vida de los oprimidos en nombre de un supuesto progreso y desarrollo.

https://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2011.


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