Posteado por: Diego Arbulú | septiembre 22, 2010

“Arriba, ¡Siempre arriba!”

El 23 de septiembre de 1910, el aviador peruano Jorge Chávez, a bordo de un Blériot XI, se convirtió en el primer piloto en cruzar los Alpes, entre Suiza e Italia. Se cumplen mañana entonces 100 años de la hazaña de nuestro pionero de la aviación.

Jorge Chávez Dartnell nació en París, Francia, en 1887. Hijo de padres peruanos, fue inscrito en nuestro consulado en la “Ciudad Luz” como peruano nacido en el extranjero. Cuando contaba con 16 años, los hermanos Wright crearon el primer avión exitoso, en 1903, iniciando así un nuevo período en la historia del transporte mundial. Siendo aún una industria incipiente, atrajo la atención del joven Chávez Dartnell, que inició estudios de mecánica aeronáutica en Francia, obteniendo su licencia de piloto en 1910, cuando contaba con 23 años. Participó en varias competencias regionales de vuelo, en una época en la que la aviación era aún considerada un deporte. Y sin embargo mostró en poco tiempo, cuestión de meses, su pericia en el aire. En julio de 1910 batió dos veces el récord mundial de altura de aquél entonces: En Blackpool (Inglaterra), alcanzó los 1755 metros de alto. Y posteriormente, en Issy-Les-Moulinreaux (Francia), llegaría a los 2652 metros. Verdaderas proezas considerando que en ese entonces los aeroplanos eran máquinas rudimentarias construidas con madera y tela.

En septiembre de 1910, un aeroclub italiano organizó un concurso para el cruce de los Alpes en avión, uniendo Suiza con Italia. Se ofreció un premio de 20 mil dólares, una cantidad considerable a inicios del siglo XX. Decidió participar a bordo de su Blériot XI, con el que había logrado los récords previos. Un avión monoplano y con capacidad sólo para el piloto, hecho, como mencioné anteriormente, de madera y tela. La nave tenía un peso de 110 kilos, alcanzaba una velocidad máxima de 90 kilómetros por hora y con 50 caballos de fuerza, una cantidad menor a la que produce un motor de Volkswagen Escarabajo en la actualidad. En una máquina así de limitada había alcanzado ya la gloria de los récords mundiales, y con apenas 23 años.

El 23 de septiembre, en la ciudad suiza de Briga, todo estaba ya listo para cumplir la hazaña. El viaje debía durar 45 minutos, y para lograr el cruce de la cadena montañosa, el avión debía superar los dos mil metros de altura. A la 1:30 de la tarde su avión se elevaba majestuosamente en espirales sobre suelo helvético. Se abrió paso entre las montañas nevadas, mientras su avión resistía el embate de los vientos helados. A las 2 de la tarde el avión se aproximaba ya a Domodossola, la ciudad italiana pautada como destino de la histórica travesía. Y a punto de aterrizar, ocurre la tragedia. Su avión se desploma al suelo a 20 metros de altura. La prensa que cubría el evento reseñó que el avión se estrelló de nariz contra el suelo, dando una vuelta de campana y quebrándose, con la cola sobre la parte delantera.

Herido, fue trasladado al hospital de la localidad, mientras recibía las felicitaciones del Rey de Italia y el presidente francés. Llegaron mensajes de apoyo de todo el mundo, y la prensa seguía día a día su estado de salud. No perdió la conciencia por la caída, pero sufrió hemorragias internas que finalmente ocasionarían su muerte cuatro días después, el 27 de septiembre de 1910. Su colega, el piloto Juan Bielovucic, nos trajo a la posteridad sus palabras, ya inmortales: “Arriba, ¡Siempre arriba!”. Y el poeta italiano Giovanni Pascoli concluyó una elegía en su nombre de esta manera: “Cae con su gran alma sola siempre subiendo. ¡Ahora sí, él vuela!”.

En una época donde tal hazaña representaba un triunfo enorme de la capacidad e ingenio humano sobre las distancias, el mundo quedó conmovido con la historia de nuestro héroe. Fueron erigidos monumentos en su honor en Suiza e Italia, y el principal aeropuerto de nuestro país lleva su nombre.

Sus restos fueron traídos al Perú por un avión militar francés de 1957.

Trabajo actualmente en aviación civil, y he tenido la oportunidad de observar de cerca los aviones modernos, conozco los procedimientos de seguridad que se emplean hoy en día, he visto la cantidad de personal que se destina para preservar la seguridad de la nave, los manuales de operaciones, las normas y reglamentos que se emiten para regular la aviación civil, y pienso de inmediato en Jorge Chávez cruzando solo a bordo de un pequeño avión de madera una cordillera helada. Ahora el aeropuerto que lleva su nombre ha sido nombrado por tercer año consecutivo como el mejor de Sudamérica. Su legado se mantiene con honor, como debe ser, siempre arriba.

https://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2010.


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