Posteado por: Diego Arbulú | junio 13, 2010

Totalitarismos en América Latina parte I: Cuba, Argentina, Chile y Perú.

Nuestra región y los latinos en general hemos estado acostumbrados históricamente a gobiernos totalitarios. Desde el Imperio Romano, que se forjó en Italia, hasta el Franquismo en España durante el pasado siglo. Desde el “Rey Sol” Luis XIV hasta Fidel Castro y sus guerrilleros de Sierra Maestra, estamos ya habituados a la opresión y a la ausencia de verdadera democracia. Nos independizamos tras largos años de luchas fraticidas, albergando la esperanza de que la libertad nos traería un cambio, pero hasta el día de hoy, celebrando incluso bicentenarios de las independencias de varios de nuestros países, seguimos bajo la sombra del totalitarismo. Las formas en las que éste se expresa en algunos casos son nuevas, pero el fondo sigue siendo el mismo.

Tras alcanzar la independencia, nuestros países experimentaron el fenómeno del caudillismo. El líder que, al mando de una tropa irregular, encabezaba una revolución que defendía sus intereses y los de su grupo. Su llegada al poder significaba corrupción, clientelismo y opresión hacia sus rivales políticos. El país servía como su banca y feudo particular. “Para mis amigos todo, para mis enemigos la ley” podría ser la frase que resumiera el espíritu de esa época. El caudillo gobernaba por lo general con el beneplácito de potencias extranjeras y de las clases acaudaladas de nuestras incipientes sociedades, hasta que estallaba otra revolución y el ciclo se repetía. Y así, con ganadores y perdedores secuenciales, pero con nuestros países como los grandes perjudicados. El caudillismo se prolongó hasta inicios del siglo XX, finalizando aproximadamente hacia el comienzo de la Primera Guerra Mundial, es decir, cuando las repúblicas latinoamericanas cumplían alrededor de cien años. Sin embargo, el fin del caudillismo no representaría el fin del totalitarismo.

Tomemos por ejemplo el caso cubano. Más de cincuenta años de una presunta revolución que ya no puede calificarse como tal. Ya perdió todo su crédito político y credibilidad, tras décadas de mantener en el poder a la misma persona. Además, no tiene sentido referirnos con el término “revolución” a un gobierno que tiene más de medio siglo en el poder. Partido único, persecución y detención de disidentes políticos, eliminación de derechos y libertades básicas a la población, violación a los Derechos Humanos y formación de una clase burocrática que goza de privilegios económicos sin precedentes. No creó ni riqueza ni igualdad, sino miseria y brechas entre sus habitantes. Sus logros son la corrupción, la codicia, la ambición de poder, la mezquindad, la mentira y el cinismo. Esos son los frutos de cincuenta y un años de castrismo. Una isla administrada por una gerontocracia, una cúpula anacrónica que se aferra al poder al igual que a la vida, con las pocas fuerzas que aún les quedan.

Pero no cometamos el error de creer que el caso cubano es único en la región. No por haberse prolongado por medio siglo ni mantener un sistema político caduco como el socialismo debemos pensar así. En Argentina, durante las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, una Junta Militar gobernó al país tras acceder al poder mediante un golpe de Estado en el año 1976. Sólo llegó a su fin como consecuencia indirecta de una terrible crisis económica que golpeó a la región en los 80 y de un conflicto internacional. Una guerra que fue provocada por la propia Junta, usada como válvula de escape para los problemas internos del país y que llevó a una muerte estúpida a cientos de jóvenes argentinos, que se vieron obligados a combatir en condiciones desiguales contra una de las mayores potencias militares del mundo como lo es el Reino Unido. Un conflicto donde cualquiera podía pronosticar de antemano una derrota de Argentina, consecuencia de la irresponsabilidad típica de los gobiernos regionales, acostumbrados a señalar responsables entre terceros, acusándolos de innumerables problemas para buscar cohesión social entre sus habitantes. Además, durante la dictadura argentina desapareció gente sin mayor motivo que tener una línea de pensamiento distinta a la del gobierno, y se violaron los Derechos Humanos de miles de personas, sistemáticamente. Negar eso hoy en día es confrontar abiertamente a la realidad y la historia. ¿Merecía Argentina sufrir los actos terribles que se cometieron, por ejemplo, en la Escuela de Mecánica de la Armada?

Otro caso es el chileno, con Pinochet. Llega al poder en 1973 tras un golpe de Estado contra un gobierno democrático como lo era el de Salvador Allende, pero que estaba llevando a la ruina al país del sur. Si bien es cierto que durante el régimen de Pinochet se sentaron las bases del actual Chile, un país que el año pasado ingresó a la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, primer país latinoamericano que forma parte del grupo) y que poco a poco va encaminado a alcanzar niveles económicos de Primer Mundo, con un sistema político que es ejemplo además para la región, el precio fue sufrir una dictadura por diecisiete años, de 1973 a 1990, con violaciones a los Derechos Humanos, corrupción y desapariciones. ¿Cuántos millones de dólares se llevó Pinochet a la tumba?

Acá en el Perú ocurrió algo similar en 1992. Fujimori se dio un autogolpe de Estado, eliminando en una noche al Poder Legislativo y rompiendo la distribución de los poderes públicos contemplada en la Constitución de aquél momento. Si en esa época, e incluso en la actual, se le pregunta a la gente si están de acuerdo con esa medida dirán que si. Parte de la responsabilidad de ese rechazo popular, es cierto, lo tiene el propio Congreso por sus constantes escándalos y la impresión permanente que da de ser un ente corrupto. Pero hace falta el desarrollo de una cultura política para que el pueblo entienda que la solución no es cerrar el Congreso sino elegir a gente competente y responsable para que lo integre, en lugar de sinvergüenzas que falsifiquen facturas de restaurantes para ganarse unos centavos. Pero aún así el problema va más allá, no es falta de educación política. Es falta de educación, a secas. Un sistema educativo mediocre producirá ciudadanos con una visión mediocre con respecto a temas de importancia e interés general, como la política. Es un círculo vicioso que deberá romperse en algún momento si deseamos progresar como país. Esto además demuestra que la democracia no se basa sólo en el respaldo popular, que puede incluso ser abrumador, sino en el respeto que haya por parte de los gobernantes de la autonomía de los poderes públicos que forman el sistema democrático. Si hoy hacemos elecciones transparentes en Cuba, con observadores internacionales y demás, es evidente que el PCC, al ser partido único en la isla, ganará las elecciones. ¿Es eso democracia? El propio Hitler, recordemos, ganó unas elecciones para llegar a la Cancillería de Alemania en 1933. A la muerte de Hindenburg, que en aquél entonces era el Presidente, unificó los cargos de Canciller (Jefe de Gobierno) y Presidente en su persona. Y ya sabemos cómo terminó la historia. ¿Es Hitler entonces demócrata por haber llegado al poder mediante elecciones? El hecho de que un gobierno llegue al poder por medio de las urnas o que cuente con respaldo popular no le confiere de inmediato la condición de demócrata. Ese título hay que ganárselo día a día. Mañana, la segunda parte.

https://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2010.


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