Posteado por: Diego Arbulú | noviembre 28, 2009

El legado de Pedro el Grande

Pocos personajes me fascinan tanto como el gran zar ruso, verdadero reformador del imperio moscovita. Pedro I el Grande ascendió al trono a finales del siglo XVII, cuando su país se encontraba bastante rezagado y atrasado en comparación a las potencias de Europa Occidental. Se enfrentó desde muy joven a las ambiciones de otros aspirantes a la corona imperial, pero sus dotes de estratega y estadista salieron a relucir y logró consolidarse como zar.

Pedro el Grande fue un monarca exponente del despotismo ilustrado, pese a que tal corriente no se había formalizado aún en su época. Digo esto porque el zar deseaba siempre participar activamente en los cambios que introdujo en Rusia a lo largo de su reinado. Consciente de que debía contar con una poderosa flota para disputarle el Mar Negro al Imperio Otomano, se dedicó en persona a la construcción de barcos de guerra. Visitó los grandes centros navales de la época, Londres y Amsterdam, empapándose de las técnicas más innovadoras en cuanto a la construcción de buques. En una época en la que los monarcas eran considerados representantes de Dios, Pedro dormía en barracas y compartía las raciones con marineros y soldados.

Deseoso de modernizar a su país, introdujo costumbres occidentales en su reino. Sus medidas afectaron asuntos tan diversos como la moda, los modales y la apariencia personal de sus súbditos. Se prohibió el uso de barba y el zar en persona se convirtió en un barbero consumado. Sabía que para consolidar a Rusia en el escenario europeo era necesario disputarle a los suecos el control del Báltico. Se involucró en una cruenta y larga guerra contra éstos, de la cuál saldría victorioso tras largos años de lucha. Impuso su voluntad en la cuestión de la sucesión de la corona polaca, y estableció una nueva capital, una ciudad al estilo de las metrópolis europeas, San Petersburgo, llena de palacios y jardines. Luchó contra los turcos, expandiendo el imperio hacia el sur.

La Rusia antes de Pedro el Grande era un estado feudal atrasado con una burocracia obsoleta. Pedro sentó las bases para la expansión del poder ruso en Europa, lo que se manifestaría un siglo después, tras las guerras napoleónicas y hasta la Guerra de Crimea. Rusia, baluarte del absolutismo en el siglo XIX, debe aquél esplendor a un monarca sumamente patriota decidido a introducir a su reino a la modernidad. Su política exterior, agresiva, sería continuada por sus sucesores, como Catalina la Grande y Alejandro I.

https://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2009.


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