Posteado por: Diego Arbulú | julio 4, 2009

La potencia sueca – mediados del siglo XVII a inicios del siglo XVIII

El reino de Suecia empezó a protagonizar buena parte de la política europea a mediados del siglo XVII. En 1618 estalló la Guerra de los Treinta Años, que enfrentó en Europa a dos bandos divididos por motivos religiosos y políticos. Por un lado los católicos, como el Sacro Imperio, el Papa y España, y por el otro los protestantes, como los insurrectos en el Imperio, los daneses, los holandeses y los suecos. La guerra rápidamente se inclinaría a favor del bando católico, en especial durante su primera etapa, la llamada Bohemia. Los católicos formaron un gran ejército que derrotaría a los protestantes en Montaña Blanca, a las afueras de Praga. Luego intervendría el rey danés Christian IV (en la llamada etapa danesa) y posteriormente entraría Suecia en el conflicto.

En aquél entonces, Suecia estaba gobernada por Gustavo Adolfo, de la dinastía Vasa. Había emprendido una reforma en su ejército, introduciendo una serie de innovaciones en la caballería y en las unidades equipadas con armas de fuego. El monarca sueco sentía que su país debía tener un papel más activo en el desarrollo de los acontecimientos continentales. El objetivo era reforzar la posición de Suecia en el Báltico y de paso ayudar a sus correligionarios protestantes en la guerra que se desarrollaba en aquél momento.

Tras el fin de la etapa danesa, cuando los protestantes vuelven a ser derrotados por las tropas imperiales, Gustavo Adolfo decide participar. Se inicia así el período sueco de la Guerra de los Treinta Años. Las tropas suecas, encabezadas por su brillante líder, aplastan a las fuerzas del Emperador en Breitenfeld, en 1631. Gustavo Adolfo pasa a controlar el norte de la actual Alemania. Para mayor fortuna, pasa ahora a contar con el respaldo de Francia.

Francia se había abstenido de participar de forma abierta en el conflicto. El débil rey Luis XIII había dejado en manos del Cardenal Richelieu el gobierno del reino. A pesar de que el cardenal era católico, en un alarde de realismo político, dejó de lado sus simpatías religiosas y decidió apoyar al bando protestante. Sabía que así debilitaría a sus dos principales rivales, el Sacro Imperio y España. Se cuidó de no participar directamente, pero si auspició la expedición de Gustavo Adolfo. Era importante conservar las apariencias, y excusándose en los asuntos internos del gobierno francés (como la lucha contra los hugonotes en La Rochelle) las tropas francesas no participaron en aquél momento a favor de ninguno de los dos bandos.

Pero el oro de las arcas francesas si estaba activo y servía para equipar al magnífico ejército de Gustavo Adolfo. El Emperador, sabiendo que su causa peligraba, reúne otro ejército y lo envía a una nueva campaña contra el rey sueco. Las fuerzas chocan en Lützen, en 1632. Nuevamente los suecos se quedan con la victoria, pero será un triunfo pírrico ya que Gustavo Adolfo encuentra la muerte en el campo de batalla. Con su muerte, la participación de Suecia en el conflicto disminuye, pero sigue siendo importante hasta el final de la guerra, en 1648.

Ese año, con la firma de los Tratados de Westfalia, el mapa europeo se reconstruye, tanto en forma como en la distribución del poder continental. Francia e Inglaterra son los países más favorecidos, pero Suecia consigue su objetivo y se transforma en la gran potencia del Báltico, controlando el comercio en dicha zona del continente. Son años de prosperidad para el reino de Suecia, que hábilmente sacó provecho a su participación en el conflicto religioso.

La supremacía sueca en el Báltico duraría unos 60 años. A finales del siglo XVIII la situación en Europa vuelve a ser tensa. España estaba gobernada por Carlos II El Hechizado, un rey enfermizo que no había sido capaz de concebir herederos. Su muerte significaría la vacancia del trono español. Por lo tanto, se desataría una guerra en el año 1700 entre franceses y casi toda Europa por el trono de España. La Guerra de Sucesión Española, como sería llamada, finalizaría con el ascenso de un rey de la casa Borbón al trono español, Felipe V, bisnieto de Luis XIV de Francia.

Estos asuntos atraían la atención de la mayor parte de Europa, pero en el Báltico la situación era distinta. Rusia empezaba a emerger en el escenario continental. Su zar, Pedro I El Grande, ambicionaba con una salida al mar para su país, y esta necesariamente debía ser por el Báltico. Sin embargo, la actual costa báltica de Rusia era territorio sueco a inicios del siglo XVIII. Con su conocida afición por el combate, Pedro declara la guerra a Suecia por el control de esos territorios. No contaba sin embargo con el hecho de que Suecia estaba en aquél momento gobernada por un excelente estratega, Carlos XII.

Carlos XII llevaba en la sangre los genes guerreros de Gustavo Adolfo. Era un excelente militar y al igual que su colega ruso, se mostraba encantado de estar en campaña luchando por la gloria de su reino. Ambos colosos chocarían en la Gran Guerra del Norte, que se extendería por más de 18 años. Los suecos lograron éxito inicialmente en Narva, aplastando a las fuerzas del zar. Éste se vería obligado a retirarse y reconstruir su ejército, y recién pudo hacerle frente nuevamente a los suecos 9 años después, en 1709, derrotando a Carlos XII en Poltava y acabando con la presencia sueca en la costa rusa del Báltico. A partir de ese momento sería Rusia quien reclamaría el protagonismo en la zona. El zar Pedro estaba fascinado por la cultura de Europa Occidental, así que dirigió sus esfuerzos a construir una gran flota y a fomentar el comercio marítimo con sus vecinos, con lo que debilitó aún más la presencia sueca en el Báltico. Por último, la muerte de Carlos XII en batalla contra los daneses a los pocos años, terminó por extinguir las esperanzas suecas de recuperar la hegemonía en las aguas del norte de Europa.

https://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2009.


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