Posteado por: Diego Arbulú | septiembre 1, 2008

El Amor Sin Nombre

Este es un artículo del escritor peruano Jaime Bayly que apareció este año publicado en el diario “Correo”. Bayly tiene una columna que sale todos los lunes en dicho periódico llamada “Papeles Perdidos” donde escribe sobre su vida y sus relaciones, con su novio (es bisexual), con su esposa de la cuál está separado, sus hijas, la mamá de su novio, y otros personajes que forman parte de su vida cotidiana, así como anécdotas y recuerdos. Este artículo es especial. Ojalá lo disfruten.

El Amor Sin Nombre                                                         

La periodista colombiana que me sedujo en un hotel del malecón de Santo Domingo y me aseguró que algún día yo sería presidente de mi país y ella, la primera dama.
El botones peruano del hotel Plaza de Manhattan que apareció uniformado en mi habitación con las frutas de cortesía y, para mi sorpresa, me ofreció otras cortesías que no pude rechazar.
El camarero francés de Lincoln Road al que pasé a buscar a las once de la noche apenas cerró su restaurante y llevé a un hotel decadente de la avenida Collins, en el que chilló extrañamente como una gata en celo.
La loca alcohólica con aires de millonaria estropeada que vino a verme en un teatro en Bogotá y terminó conmigo y su mejor amiga en la suite con chimenea de Casa Medina.
La insaciable estudiante pelirroja que estaba haciendo una tesis sobre alguno de mis libros y me usó como material de investigación en el hotel Intercontinental de Santiago, mientras yo trataba de investigar por qué ella gritaba tanto.
El modelo español que vivía en el Decoplage de South Beach y sólo me buscaba para sacarme plata y comprar más drogas que luego me invitaba y yo rechazaba con orgullo.
El modelo argentino que vivía en un piso muy alto de South Point, con vista a Fisher Island y a los cruceros que salían del puerto de Miami, y que había estudiado educación física y soñaba con ser un actor famoso y terminó siendo un actor famoso de telenovelas en México.
El modelo uruguayo que había sido Mister Universo y secretamente deseaba ser Miss Universo y no salía a la calle sin maquillarse y echarse laca en el pelo.
La estudiante de medicina de Portland, Oregon, que conocí en un vuelo entre Miami y Madrid y perdió el tren a Barcelona y vino a verme llorando a la suite del Wellington y a la que le dije “no te preocupes, sólo vamos a dormir”, sabiendo que mentía, que no íbamos a dormir nada.
La estudiante de literatura de la universidad Católica de Santiago que me decía “Gabrielito” por el personaje de mi novela La noche es virgen y que curiosamente resultó siendo virgen y no me dejó ver la final del mundial de fútbol (Brasil-Alemania) porque quería perder la virginidad.
El turista brasilero que se me acercó en la playa de Miami para decirme, sin disimular su magnífica erección, que quería bañarse en el mar conmigo.
El argentino rubio y delgado que conocí en la tienda de ropa Antique Denim de Palermo, la tienda más gay de Buenos Aires, y que odiaba mi corte de pelo y mis entrevistas de televisión y la ropa vieja y agujereada que me ponía todos los días y que me decía que algún día sería un diseñador famoso.
La chica distraída que decía que era mi hada protectora y me esperaba, pasada la medianoche, afuera del canal de televisión en Lima, y que vivía sin plata, ayudando a los niños con retraso mental y tratando de olvidar que su madre se quería suicidar cada cierto tiempo.
El joven banquero francés, recientemente casado, impecablemente peinado, que se sentó a mi lado en el avión, me dio su tarjeta y me dijo en perfecto español que nunca había estado en la cama con un hombre pero que, después de leer mis novelas, sentía una curiosidad creciente por vivir esa aventura, a escondidas por supuesto de su esposa.
La estudiante californiana que asistió a mis clases en Georgetown y siguió siendo mi amiga cuando ya no era mi alumna y se mudó a Nueva York para trabajar como fotógrafa y se enamoró de un banquero muy guapo del que me mandaba fotos en traje de baño.
La chilena misteriosa de apellido aristocrático que se fue a vivir a Los Angeles.
La preciosa actriz lesbiana que conocí en un café de la avenida Wisconsin, en Georgetown, en mi semestre de profesor.
El taciturno residente de Virginia que manejaba un BMW negro y me alquiló el primer departamento que tuve en Georgetown, hace más de quince años.
El profesor de gimnasia del hotel Plaza de Buenos Aires, tan solícito para mostrarme el sauna y alcanzarme las toallas al salir de la ducha.
La periodista de un canal cultural de Buenos Aires que me llevó una tarde de invierno a un restaurante a orillas del río, en San Isidro, y, leyendo un papel que no había escrito, me preguntó cosas que no nos interesaban, porque lo que a mí me interesaba saber era por qué le había puesto el nombre de un futbolista famoso (Bochini) a su perro.
La argentina que conocí en Amsterdam en un café de marihuana, que me dijo que era sobrina de uno de los hombres más ricos de su país y era una experta catadora de hierbas jamaiquinas y colombianas.
El estudiante de la universidad de Georgetown que se vestía como Dylan y fumaba como Dylan y quería cantar como Dylan pero que en la cama no podía ser como Dylan, lo que lo hacía llorar.
La joven madrileña que tenía un novio colombiano y había perdido a su madre recientemente y escribía cuentos muy tristes y que me pedía que nos sentásemos en la última fila de los cines vacíos de su barrio, en función de matiné.
El bombero voluntario de Chicago, de paso por Washington, que conocía las montañas del Perú mejor que yo y que hablaba un español rudimentario y conmovedor cuando hacía el amor.
La mujer muy tatuada y algo casada, muy joven, con aire lunático, que me pidió que le firmase un libro en la feria de Montreal y que más tarde me tocó la puerta de mi habitación y se quitó la ropa apenas le abrí, sin decirme nada, quizá porque tenía la calefacción encendida y hacía calor.
El tejano con sombrero que se alojó en el hotel Park Plaza de Miraflores y era idéntico a mí, lo que había descubierto viéndome en la televisión, de paso por Lima, y me dejó en la recepción del hotel un sobre con su foto para demostrármelo, y al que, sin dudarlo, llamé a Houston y fui a ver, en un acto obsceno de narcisismo mutuo.
El tripulante aéreo de nariz protuberante que me contaba los chistes más divertidos y quería ser un humorista famoso y se sabía los secretos de medio mundo y se sentaba a mi lado en los vuelos a Miami sin importarle que sus superiores le dijesen que eso estaba prohibido.
La agente inmobiliaria de Key Biscayne que me enseñó una casa frente al mar, se echó en la cama de la habitación principal y me miró como no imaginé nunca que esa bella mujer casada me podía mirar.
La agente inmobiliaria sueca de Key Biscayne, madre de tres hijos, recientemente divorciada, que me enseñó una vieja casa Mackle y me llevó luego al bar del Sonesta a tomar unas copas y rompió a llorar, recordando la traición de su ex marido, y me pidió que la abrazara.
A todas esas personas les dije que las amaba, y ahora no recuerdo sus nombres.

Jaime Bayly.


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