Posteado por: Diego Arbulú | agosto 27, 2008

Una ejecución en la Francia de 1314

Revisando hace unos días un libro que leí hace ya un par de años, recordé un fragmento del mismo que narraba una ejecución pública. El libro se llama “Los Reyes Malditos“, y tiene siete tomos. El autor es Maurice Druon, y el tomo en donde se relata la ejecución se titula “El Rey de Hierro“, que era el sobrenombre que tenía el rey francés Felipe IV El Hermoso, gobernante de Francia a inicios del siglo XIV.

El capítulo donde se narra la ejecución se llama “El suplicio“, y el nombre es más que merecido. Se supone, según el relato, que es la ejecución de dos hombres, que eran hermanos, y que se habían acostado con dos de las nueras del rey (Felipe IV tenía tres hijos hombres y una mujer). En la trama el adulterio es descubierto y el rey ordena la ejecución de los dos jóvenes. Corría, según el libro, el año de 1314.

La pena de enrodamiento

La pena de enrodamiento

En aquella época, sobre asuntos de esta magnitud, el mismo monarca solía dictar sentencia basada en su propio criterio. Colocaré algunos fragmentos, empezando por la lectura de la sentencia (que está en el capítulo titulado “El juicio“):

“Los señores Gualterio y Felipe de Aunay, habiendo faltado gravemente al honor y traicionado el vínculo feudal cometiendo adulterio con personas de majestad real, serán ENRODADOS, DESPELLEJADOS VIVOS, CASTRADOS, DECAPITADOS Y COLGADOS EN PÚBLICO CADALSO, en Pontoise, la mañana que seguirá al día  de hoy. Así lo ha determinado nuestro muy sabio, muy poderoso y muy amado rey.”

El texto, en el capítulo de “El suplicio“, sigue así:

“Los pregoneros habían gritado, la noche anterior, en todos los rincones de la villa: “Enrodados, despellejados vivos, castrados, decapitados…”. El hecho de que los condenados fueran jóvenes, nobles y ricos, y sobre todo, que su crimen hubiera sido un gran escándalo de amor desarrollado dentro de la familia real, excitaba la curiosidad y la imaginación del pueblo.

Durante la noche habían levantado el patíbulo. Se alzaba a dos metros sobre el suelo y aguantaba dos ruedas colocadas horizontalmente y un tajo de encina. Detrás se levantaba la horca.

Dos verdugos (…) vestidos ahora con túnica y capuchones rojos, subieron por la pequeña escala a la plataforma. Detrás de ellos, dos ayudantes traían unos pequeños cofres negros que contenían los instrumentos de tortura (…)

Cuando (…) apareció la carreta que conducía a los hermanos de Aunay, el clamor fue elevándose a medida que se distinguía mejor a los condenados. Ni Gualterio ni Felipe se movían. Unas cuerdas los sujetaban a los postes de la carreta, sin los cuales no hubieran podido tenerse en pie (…) Los acompañaba un sacerdote que había acudido para recibir sus tartamudeantes confesiones y sus últimas voluntades. Agotados, palpitantes, atontados, parecían no tener conciencia de lo que sucedía. Los ayudantes de los verdugos los subieron al patíbulo y los despojaron de sus ropas.

Al verlos desnudos (…) un torrente de frases groseras y de obscenos comentarios se desató en la plaza, mientras ambos hidalgos eran echados y atados a las ruedas, cara al cielo. Luego todos aguardaron.

(…) los verdugos alzaron sus mazas para romper los huesos de los condenados. Las mazas se abatieron, se oyó el crujido de los huesos y el cielo se apagó para los hermanos de Aunay. Primero rompieron sus piernas y muslos, después los verdugos hicieron dar media vuelta a las ruedas y las mazas cayeron sobre los brazos y antebrazos de los condenados. Los golpes retumbaban en los radios y cubos de las ruedas, y la madera crujía tanto como los huesos. Después, los verdugos, aplicando las torturas según el orden prescrito, empuñaron los instrumentos férreos de múltiples garfios y arrancaron a grandes jirones la piel de los dos cuerpos.

Salpicaba la sangre y chorreaba sobre la plataforma y uno de los verdugos tuvo que secarse los ojos. Este suplicio probaba abundantemente que el color rojo, reglamentario para los verdugos, era completamente necesario. Enrodados, despellejados vivos, castrados, decapitados. Aunque les quedara un soplo de vida a los hermanos de Aunay, toda sensibilidad y toda conciencia habían huído de ellos.

Una ola de histeria agitó a la concurrencia cuando los verdugos, armados de largos cuchillos de carnicero, mutilaron a los dos amantes culpables.

Los ajusticiados fueron bajados de las ruedas y arrastrados al tajo. Dos veces brilló la hoja del hacha. Después los ayudantes llevaron hasta las horcas lo que quedaba de Gualterio y Felipe de Aunay, de aquellos dos bellos escuderos que, dos días antes, caracoleaban por el camino de Clermont; dos cuerpos rotos, sanguinolentos, sin cabeza y sin sexo que, atados por debajo de las axilas, fueron izados al palo de la horca.”

DRUON, Maurice. Los Reyes Malditos I. El Rey de Hierro. Ediciones Byblos. Barcelona, España. 2004.


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