Posteado por: Diego Arbulú | agosto 9, 2008

El programa nuclear iraní… ¿crisis pasajera?

¿Hasta dónde llegan los derechos de Irán a desarrollar tecnología y capacidad nuclear? Y, ¿hasta dónde llega el derecho de la comunidad internacional a reclamar en contra de esta política? ¿Quién debe, por último, juzgar toda esta situación y decidir? ¿Los Estados Unidos? ¿Israel? ¿O la ONU y la Agencia Internacional de Energía Atómica?

Sin duda, el desarrollo de capacidad nuclear con fines pacíficos es una facultad propia de las capacidades y el desarrollo de cada país. Ante la constante búsqueda de nuevas fuentes energéticas, en especial en estos momentos debido al encarecimiento progresivo de los precios del barril de petróleo y la situación política en Oriente Medio, con la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán e Irak, es natural que se experimente con nuevas formas de producir energía. Centrales nucleares en Estados Unidos, Reino Unido, Francia o Alemania, por citar unos ejemplos, surten de energía eléctrica a gran porcentaje de su población, y países como España y Argentina siguen el mismo camino, desarrollando su potencial nuclear.

El problema que se debate en el seno de la comunidad internacional se origina cuando se sospecha que el desarrollo de la energía nuclear tiene un trasfondo político o en el peor de los casos militar. En un principio, como es bien sabido, el propósito del potencial nuclear fue militar. El llamado “Proyecto Manhattan”, desarrollado en los Estados Unidos por científicos encabezados por Enrico Fermi a inicios de la década de 1940 tiene el dudoso honor de haber sido el pionero en este campo, pues sus investigaciones llevaron al desarrollo de la bomba atómica. Esta nueva arma puso punto final a la Segunda Guerra Mundial tras ser lanzada sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Posteriormente sería utilizada –la energía nuclear- como combustible para submarinos y portaaviones, que pueden pasar años en servicio sin ser reabastecidos en lo referente a combustible. Pero por supuesto, la mayor aplicación del poder nuclear en el campo militar es en lo referente a bombas nucleares. Y así como los Estados Unidos desarrollaron la suya a inicios de la década de 1940, los soviéticos, para iniciar la carrera armamentista, lo hicieron en 1949. Siguieron los británicos y los franceses en la década de 1950, los chinos en la década del 60, y los indios e israelíes en la década de 1970. Así, fue aumentando el número de potencias nucleares con el paso de los años, en un escenario con la disputa este-oeste como telón de fondo, con ambas superpotencias apuntándose mutuamente esperando el estallido del holocausto nuclear.

Esta no es mi idea de "boom" energético...

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Con el fin de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín la tensión nuclear quedó, al menos momentáneamente, de lado. Claro, los países poseedores de bombas atómicas continuaron manteniendo sus arsenales, pero la aparente y continua amenaza de guerra nuclear cesó. Pero nuevos actores hacían su aparición, se trataba de países del llamado Tercer Mundo que buscaban desarrollar tecnología nuclear para poder negociar con las potencias occidentales o ganar supremacía política o militar en determinadas regiones del globo. En el Medio Oriente el militarismo se hizo patente durante la década de 1980 con la Guerra Irán-Irak, que enfrentó al régimen del Ayatollah Khomeini, quien llegó al poder en Irán tras encabezar la Revolución Islámica y derrocar al Shah, con el iraquí de Saddam Hussein. Y en 1990 Saddam Hussein invadió Kuwait, lo que dio origen a la primera Guerra del Golfo.

Para este momento, en el Medio Oriente, solo Israel poseía un arsenal nuclear. Este se remonta a finales de la década de 1960. Israel, en 1967, se había enfrentado a una coalición de Estados árabes en la Guerra de los Seis Días. Y aunque su aviación había aplastado a sus rivales en un tiempo récord, el temor a un nuevo conflicto con una coalición árabe más fuerte originó el desarrollo de capacidad nuclear propia. Esto se facilitó debido a los nexos políticos, militares, económicos y sociales entre Israel y los Estados Unidos, que facilitaron la tecnología para el desarrollo del proyecto nuclear israelí, a tal punto, que ya para 1973, cuando estalló la Guerra del Yom Kippur, Israel disponía de seis armas nucleares. Se estima que para el año 2005 este arsenal se había incrementado hasta alcanzar las trescientas cabezas nucleares.

Bien, entonces solo los israelíes contaban con capacidad nuclear en Oriente Medio. El gobierno de Irak poseía armas químicas y biológicas, como el gas mostaza y el ántrax que fueron utilizados contra las minorías kurdas del norte de aquél país, pero esta amenaza se vio aplacada con la derrota de Hussein en la primera Guerra del Golfo. La comunidad internacional se sentía relativamente segura, ya que a pesar del largo y sangriento historial de conflictos entre Israel y los países árabes, la política de Tel Aviv siempre se había inclinado por ataques puntuales. Además, con el final de la Guerra del Yom Kippur, el papel de beligerante en contra del Estado israelí había sido asumido por grupos radicales como Hamas o Jihad Islámica. Con este cambio, la estrategia no pasaba por una defensa organizada o por la persuasión por el arsenal nuclear, sino por ataques y represalias de carácter específico. El gobierno Clinton había colaborado a establecer la paz en Medio Oriente con los acuerdos de Camp David y la situación tendía a mejorar. Solo se alzaban voces esporádicas de protesta en el mundo islámico ante el potencial nuclear de Israel y la falta, o si se quiere, la permisibilidad que mostraba Occidente con respecto al arsenal de los israelíes.

Esta situación cambió con la llegada de Mahmud Ahmadineyad a la presidencia de Irán en el año 2005. Su ideología conservadora lo enfrentó a los sectores de la sociedad iraní que abogaban por una flexibilización del estado islámico impuesto en dicho país. Y ni que decir del mundo occidental, que veían en su triunfo un factor de desestabilización en la geopolítica del Medio Oriente. Durante su campaña electoral había acusado a la ONU (y por ende, a los organismos que esta controla) de ser “unilateral, situada en contra del mundo del Islam”. Una vez en el poder, declaró ante estudiantes iraníes en una conferencia llamada “El mundo sin el sionismo” que Israel “debería ser borrado del mapa” y calificando al holocausto de la Segunda Guerra Mundial como “un mito”. Las cancillerías occidentales reaccionaron negativamente ante estas declaraciones, calificándolas como fuera de lugar y pidiendo sanciones contra Irán por parte de la ONU.

Así mismo, Irán, que había detenido el desarrollo de su proyecto nuclear durante la década de los 90 y el primer lustro de esta década, reinició, inesperadamente, el enriquecimiento de uranio. El gobierno iraní esgrime que necesita desarrollar el potencial nuclear para satisfacer las necesidades eléctricas de la población, que llega casi a sesenta millones de habitantes. Está en su derecho de hacerlo, pues, si es cierto, beneficiará a la mayoría del pueblo iraní, que carece de este servicio básico en el siglo XXI. Pero lo que preocupa a la comunidad internacional, a Occidente, a la ONU y a la AIEA es el secretismo con el que desarrolla el programa iraní. Más allá de las declaraciones, por demás fuera de lugar, de Ahmadineyad, es preocupante la falta de cooperación de las autoridades iraníes con los inspectores de la AIEA encargados de revisar el desarrollo atómico iraní.

Las autoridades de Irán reclaman que los Estados Unidos y sus aliados buscan imposibilitar el desarrollo industrial, económico y social de aquél país. Consideran que es parte de la soberanía de su política interna decidir con respecto al plan nuclear que vienen desarrollando, así como también esgrimen que hay ya países que poseen un arsenal nuclear (como por ejemplo sus rivales israelíes) con los cuales Occidente no carga ni se entromete como en su caso. Lo que olvidan los iraníes es que ningún otro líder de ningún otro país ha amenazado explícitamente con hacer uso ofensivo de armas nucleares contra ningún otro Estado. Las armas nucleares que existen actualmente son más herramientas de disuasión que armas prácticas como tal. No imagino a ningún líder occidental declarando que tal o cual país debe desaparecer. Y ese argumento de “si ellos lo tienen, ¿por qué yo no puedo?” me parece que no es válido, pues la idea a mi entender sería que los que no poseen arsenales nucleares sigan sin tenerlos, y los que lo poseen pues los vayan disminuyendo progresivamente. Igualmente, Irán debe tener cuidado. No olvidemos a los israelíes, que siguen una política de “dispara primero, pregunta después” cuando sienten amenazada su seguridad. Y en estos momentos tienen a Ahmadineyad entre ceja y ceja… el enemigo no solo es Estados Unidos, a miles de kilómetros de distancia. También lo es Israel, a una hora de vuelo de Teherán. Y mucho más peligroso, diría yo, cuando se siente amenazado.

En el mundo existen una serie de organismos e instituciones encargados de velar por la seguridad y el control de la no proliferación nuclear. Todos sabemos que los Estados Unidos es un rival de Irán y sabemos el peso de las declaraciones de los funcionarios estadounidenses, no solo ante la prensa, sino ante organismos como la Asamblea General de la ONU o el Consejo de Seguridad. Y precisamente por eso debería moderar más su papel de policía mundial y dejar que los organismos establecidos para regular la energía atómica (AIEA, EURATOM…) hagan su trabajo tal y como está estipulado. La presión en todo caso debería ser sobre estos organismos, para que desempeñen su papel más eficazmente, y si se siguen topando con la terquedad de las autoridades iraníes pues iniciar la aplicación de sanciones, pero siempre en el marco del derecho internacional y de lo fijado por los organismos internacionales que regulan el sistema y el escenario político mundial, pues fueron creados con el consentimiento de los Estados con dicho propósito.

https://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2008.


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