Posteado por: Diego Arbulú | julio 17, 2009

Sobre los movimientos nacionalistas europeos del siglo XIX (parte I)

Profundizaré un poco acerca de este tema debido a una consulta que se me hizo hace un par de días. A inicios del siglo XIX, el mapa europeo era muy distinto al escenario que manejamos en la actualidad. Francia, bajo el gobierno napoleónico, ocupaba su actual territorio más buena parte de Europa Central y Occidental. Los reinos de Portugal y España convivían en la Península Ibérica, y el corazón de Europa se encontraba bajo administración del Sacro Imperio y Prusia. Al sur, los Balcanes y la actual Grecia pertenecían al Imperio Otomano, y en Europa Oriental el zar ruso gobernaba con mano de hierro. Muchos estados actuales no existían, Polonia había sido despedazada entre prusianos, austríacos y rusos, Grecia era, como mencioné, parte del imperio turco, Bélgica pertenecía a franceses y holandeses e Italia era un mosaico de pequeños reinos que tenían poca participación en la política continental, sirviendo como aliados a las principales potencias. A inicios del siglo XIX los franceses habían reemplazado a los austríacos como principal influencia extranjera en el norte de esos territorios. Los éxitos iniciales de Napoleón en el campo de batalla se forjaron en Italia, donde ejercería especial influencia en los años que duraría su reinado continental.

Los polacos veían con buenos ojos el ascenso de Napoleón en Europa. Tenían la esperanza de obtener cierta autonomía constituyéndose en un reino satélite del imperio francés. De buena gana aceptaron aliarse con el Emperador y se alistaron en las filas de su ejército, en especial en los cuerpos de caballería. Varsovia, su actual capital, debía ser el núcleo que aglomerara a los territorios dispersos, ahora en manos de las potencias centrales europeas. Sin embargo, la derrota francesa en Waterloo derrumbaría las pretensiones polacas. El Congreso de Viena de 1815 terminó por dilapidar las esperanzas de los polacos por recuperar su reino. El Congreso es, en perspectiva, un instrumento contra el liberalismo y los movimientos nacionalistas que podrían despertar en Europa tras el nuevo orden que reina con el fin del imperio francés. Rusia es el estado que sale más fortalecido tras el Congreso y el zar Alejandro buscará aplacar todo movimiento de inspiración liberal en el continente. Se restaura a Fernando VII en el trono español, se forjan las bases de la Santa Alianza que intervendrá en España e incluso buscará participar en el conflicto independentista latinoamericano y básicamente una ola de movimientos reaccionarios surgen a nivel continental, empezando justamente en Francia, donde los Borbones vuelven al trono.

Esta situación de opresión se prolongará por algunos años, hasta 1821. Este año servirá como eje para un cambio político en las potencias reaccionarias. Grecia, que formaba parte del Imperio Otomano, inicia su lucha por la independencia del dominio turco. En este caso, los reinos conservadores de Europa deciden tomar cartas en el asunto a favor del liberalismo. Pero el motivo no es ideológico, porque no hay identificación alguna, sino político. Los rusos y austriacos eran los rivales históricos de Turquía en dos zonas claves. Austria pretendía ejercer su dominio sobre los Balcanes, mientras que Rusia deseaba controlar el Cáucaso y la zona del Estrecho del Bósforo, para influir así en el Mediterráneo Oriental y tener salida para sus puertos en el Mar Negro. Además, desde la constitución del zarismo como régimen de gobierno, una de las principales metas de los zares fue controlar a la ciudad de Constantinopla. Los zares creían que les correspondía la misión de ser los nuevos emperadores de la cristiandad. No en vano el título de zar en ruso es Tsar, que significa César en aquél idioma. Entonces, esgrimiendo como excusa la defensa de sus correligionarios griegos (rusos y griegos pertenecen a la Iglesia Ortodoxa), el zar le declara la guerra al sultán. Sin embargo, las tropas rusas no llegan a actuar, aunque su sola amenaza era un factor lo suficientemente disuasivo para aplacar a los turcos. En definitiva serían los ingleses y franceses, dos gobiernos interesados en explotar el comercio en el Mediterráneo, quienes intervendrían a favor de los griegos, derrotando a los turcos con sus poderosas escuadras en Navarino, en 1828. Al año siguiente la independencia griega sería finalmente sellada mediante la suscripción del Tratado de Adrianópolis, que además pondría fin a las hostilidades entre turcos y rusos.

Al final, el ímpetu ruso por debilitar al Imperio Otomano terminó siendo el pretexto para que el zar apoyara a un movimiento de claro tinte liberal. Además, franceses e ingleses terminarían sellando la independencia griega motivados por la expansión comercial, otra característica inherente al liberalismo. Y la prensa de estos países intervendrían activamente a favor de los griegos. La prensa empezaba a jugar un papel fundamental en el desarrollo de la política exterior europea y en la toma de decisiones de los gobiernos, otra característica del liberalismo, en especial en Inglaterra, donde el parlamentarismo traía consigo una serie de ventajas que no se gozaban en otras partes de Europa. Obviamente tras Adrianópolis se instauro una monarquía en Grecia, pero el nacionalismo recibió un gran impulso como movimiento, y esta situación quedaría expresada en las revoluciones que se desatarán en 1830.

http://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2009.

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