Posteado por: Diego Arbulú | julio 12, 2009

Apuntes de la Guerra de los Treinta Años. Antecedentes y etapa Bohemia.

La Guerra de los Treinta Años plasmaría en el campo de batalla una serie de rivalidades políticas del concierto europeo que ahora contaban además con la radicalización originada por el problema religioso. Para entender su origen tendríamos que remontarnos hasta unos 100 años antes de su estallido, cuando Lutero y sus 95 tesis desencadenaron el movimiento conocido como la Reforma religiosa. Ésta básicamente plantea la separación de la iglesia católica, creando una nueva religión cuyas diversas variantes se aglutinarían en el movimiento protestante. Este cisma es la base de conflictos religiosos (o políticos, pero disfrazados de religiosos) durante el siglo previo al estallido de la Guerra de los Treinta Años.

Entre estos conflictos encontramos por ejemplo, las Guerras de Religión en Francia y en los Países Bajos, las guerras libradas en la misma Alemania entre campesinos y príncipes, o los intentos de la corona española por restaurar el catolicismo en Inglaterra, entre los que se cuentan el fallido envío de la llamada “Armada Invencible” de Felipe II en 1588. Se podía vislumbrar ya, con estos antecedentes, que un conflicto de escala continental era prácticamente inevitable. Obviamente, pese a la división religiosa, el enfrentamiento político era el que primaba en este escenario. Por ejemplo, los holandeses, que tan alegremente adoptaron el luteranismo como religión, tenían ahora un motivo doble para luchar contra los españoles: La búsqueda de su independencia (Holanda fue por muchos años dependencia de la monarquía española, desde tiempos de Carlos I) y la autodeterminación religiosa. Esa autodeterminación religiosa era además un elemento que servía como base para la construcción de una identidad holandesa propia, alejada de la opresión representada por el reino español y su iglesia.

El conflicto estallaría en el Sacro Imperio. Era allí, en la cuna del movimiento de la Reforma, donde las tensiones religiosas formaban ya parte del escenario político imperial. Los dos bandos se habían aglutinado en sendos partidos: los católicos en la Liga Católica, y los protestantes en la Unión Evangélica. Ambos bandos, agrupados y celosos el uno del otro, intentaban influir en la política de Imperio, buscando beneficios para los principados que formaban parte de cada grupo e incrementando su participación en la Dieta del Imperio (que, entre otras cosas, legitimaba al Emperador en su trono).

Este equilibrio se trastocó en 1618 con el ascenso al trono imperial de Fernando de Estiria, que pasaría a ser Fernando II. El Emperador del Sacro Imperio era a la vez declarado Rey de Bohemia. Sin embargo, Fernando II era un católico acérrimo, mientras que Bohemia había adoptado el protestantismo como religión. Bohemia se negó a aceptar a Fernando como rey, así que éste envió a sus representantes a Praga (la capital de Bohemia) para negociar con los rebeldes. Sin embargo, los bohemios estaban decididos a alzarse contra Fernando, y sus representantes fueron arrojados por la ventana del castillo donde se celebraba la reunión. Este acontecimiento, que pasaría a la historia como la Defenestración de Praga sería la ruptura definitiva entre Bohemia y el Imperio, y es el detonante de la Guerra de los Treinta Años.

Desde ese momento, y en toda Europa, se formarían coaliciones para la guerra, que durará hasta 1648. El conflicto se divide en cuatro etapas, cada una caracterizada por el protagonismo de un determinado reino en particular. En la primera fase, llamada etapa bohemia, las tropas imperiales de Fernando recibieron ayuda de su primo español (de la familia Habsburgo) Felipe III, del Papa y del rey de Baviera. Esta coalición de tropas católicas avanzó hasta Praga y derrotó en las afueras de la ciudad a los protestantes en la Batalla de Montaña Blanca, en 1620. Los cabecillas fueron ejecutados, se consolidó Fernando II como Emperador en Alemania y Bohemia volvió al seno del Imperio, aunque perdió sus privilegios como reino semi-independiente del Sacro Imperio.

Sin embargo los príncipes y reyes protestantes sabían ya que el escenario era propicio para el desarrollo de una guerra que les otorgara ciertos privilegios y condiciones de manos del Imperio. Y pese al triunfo inicial del bando católico, el conflicto apenas comenzaba y teñiría de sangre los campos de batalla de la Europa Central. Su final redistribuiría las cuotas de poder en Europa, originará nuevos actores, encumbrará a nuevas potencias, y significará el fin de la supremacía española en el continente.

http://diegoarbulu.wordpress.com. Derechos reservados 2009.

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